Hablando de Prokofiev


Hace un tiempo encontre en la prensa este articulo, que convertí en recorte para guardarlo en lo que llamo mi carpeta de papeles amarillentos (por suerte no todas las notas están asi); leyendo el tema del corto animado, lo recordé enseguida y me apresuré a buscarlo, temiendo haberlo extraviado, pero aún lo conservaba. Si esta versión de su obra, Pedro y el lobo, demoró cinco anos a sus creadores, pues qué coincidencia, esto se escribía en el momento en que se comenzaba la realización del trabajo. Para quienes deseen saber un poco más de Prokófiev y Rusia, dejo el artículo que puede ser leido en el resto del post.


Vivir con Stalin, morir con él


Por José Luis Sáenz
Para LA NACION, Argentina
05 de marzo de 2003

Murieron el mismo día, con cincuenta minutos de diferencia, los dos a causa de derrames cerebrales, y a muy pocas cuadras de distancia. Stalin, a los setenta y tres años, y Sergei Prokofiev, a los sesenta y dos. Prokofiev, ganador de varios premios Stalin, que no le habían impedido ser víctima de varias proscripciones por "flagrante ejemplo del alejamiento del artista de la vida real, que compone su obra desde su torre de marfil".

La noticia de la muerte de Stalin no dejó el mínimo lugar en los diarios soviéticos para dar la de Prokofiev hasta el domingo 8 de marzo (demora que se trasladó al resto del mundo: en LA NACION, la muerte del amo del Kremlin fue dada en la primera plana del viernes 6, y la del músico, en la página 5 del lunes 9). En Moscú muchos amigos y admiradores de Prokofiev no pudieron enterarse a tiempo, y los pocos que acudieron a su entierro tampoco consiguieron llevarle flores, porque el monumental velorio de Stalin las monopolizaba todas. Pero David Oistraj tocó una de sus sonatas de violín y Sviatoslav Richter, a falta de flores, depositó una rama de pino sobre su féretro.



Tampoco pudo acudir su primera esposa, Lina, porque estaba en Siberia, en un campo de trabajos forzados desde hacía cinco años. En esos tiempos el músico debía declarar: "Me esfuerzo por componer una música que refleje la alegría que actualmente siente nuestro pueblo" ( Arte Soviético , noviembre 1951). Una forzada alegría de la que podían dar testimonio Shostakovitch, Pasternak, Solyenitsin y muchos otros, en esa difícil si no imposible relación entre el régimen y sus artistas.

El régimen y los artistas

Si no habían sido fáciles las relaciones de los músicos rusos con el régimen zarista (sobre todo con su censura, que le dio algún disgusto a Mussorgsky y muchos a Rimsky Korsakoff), mucho más difíciles aún fueron con el régimen bolchevique instaurado en 1917, pues provocaron la emigración de muchísimos de ellos. Algunos, como Diaghilev o Stravinsky, ya vivían en Francia al estallar la Revolución de Octubre, y simplemente no regresaron más. Otros, en cambio, estaban en Rusia y prefirieron irse, como Rachmaninoff (casi de inmediato y para siempre) o Glazunov (que intentó convivir con el régimen hasta 1930 y luego tomó el mismo camino del exilio de tantos y tantos, desde Chaliapin, en 1922, hasta Nureyev y Barishnikov, décadas después).

De esos casos, el más extraño y paradójico fue el de Serguei Prokofiev (1891-1953). Indiferente a la política y sólo interesado en su música, sus primeros éxitos coincidieron cronológicamente con la revolución comunista. Decidido a partir de Petrogrado en mayo de 1918 rumbo a Occidente (en un extraño recorrido Siberia-Japón-San Francisco, para evitar la guerra civil), el ministro de cultura bolchevique Lunacharski le dijo: "Usted es un revolucionario en música, así como nosotros lo somos en la vida. Deberíamos trabajar juntos. Pero si quiere ir a Norteamérica, no me interpondré en su camino". Y así partió, más como viajero que como exiliado, con pasaporte soviético.

Pero aquel "revolucionario en música" fue aceptado en Estados Unidos más como un gran pianista virtuoso y sus obras fueron recibidas con incomprensión y hostilidad, lo que lo obligaba (igual que a Rachmaninoff) a ganarse la vida como intérprete y no como compositor, en esa dramática disyuntiva que el siglo XX planteó a muchos músicos, desde Mahler, Busoni o Bernstein -que perseveraron- hasta Toscanini, Furtwaengler o Gavazzeni, que aceptaron dedicarse a la música ajena. Muchas veces a Prokofiev le tocaba hacer programas con obras de Chopin o Schumann y dejar tímidamente las suyas para algún bis final.

Luego se trasladó a París, donde sus obras obtuvieron mayor aceptación. Pero también comprobó que los éxitos parisinos no eran duraderos, allí donde todo es moda y a la consagración de hoy sigue el desinterés de mañana y la consagración de otro.

En 1927 regresa por primera vez a Rusia y recibido con todos los honores de hijo dilecto y gran artista internacional. Desde ese momento, y por espacio de diez años, seguirá moviéndose alternativamente entre Moscú y París (donde vive su familia), con total libertad y abundantes giras de conciertos por Europa y los Estados Unidos. Luego comienza a evaluar las ventajas que le ofrece la URSS : mayor posibilidad de encargo de obras, dedicarse a la composición (y menor necesidad de seguir como concertista trashumante), además de casa gratis en vez del costoso departamento en París, residencia veraniega, etcétera.

Y así, aunque ya ha tenido señales peligrosas como el suicidio de Maiakowski, en 1930, y el anatema oficial contra Shostakovitch, en 1934, Prokofiev decide convertirse en compositor soviético, y buscar "una nueva sencillez". Declara en 1937: "Ya no es tiempo de componer música para un círculo de estetas. Ahora las grandes masas populares [exigen] un lenguaje musical que corresponda a la época del socialismo [...] y el compositor debe corregir cada una de sus nuevas obras en función de esta evolución". Su esposa, Lina, sugiere otra causa para su regreso: "Se sentía irresistiblemente atraído hacia su país natal [...] estaba unido a Rusia por lazos indisolubles".

En sus primeros años en la URSS, Prokofiev fue respetado como ninguno de sus colegas, y él reciprocó componiendo alguna cantata por el vigésimo aniversario de la revolución y algún himno a Stalin, que hicieron que Shostakovitch, caído en desgracia, lo saludase ambiguamente como "el ideal del artista soviético".

Pero en 1948 también cayó sobre él el anatema de Stalin y el Partido Comunista. Se lo obligó a retractarse por "tendencias musicales antidemocráticas, extrañas al pueblo soviético y a sus gustos artísticos". Según relata Rostropovitch, Prokofiev estaba "rodeado de amigos, parásitos y obsecuentes" y de pronto "los Judas cayeron sobre él como las hojas de un árbol en otoño y se encontró privado de todos sus amigos". No podía estrenar sus obras, o no se ejecutaban las ya estrenadas, y estaba "prácticamente sin un cobre", a pesar de que había alcanzado la plena maduración de su genio creador en obras de la magnitud de su ópera Guerra y paz o su ballet Romeo y Julieta . Lo curioso era que entretanto en Occidente se consideraba que esas nuevas obras nacían "a expensas de su ingenio, de su brillantez y de su espíritu irónico" (Gerald Abraham). En resumen, como señaló Claude Samuel, "sus obras eran geniales o decadentes según la fecha y las circunstancias de su composición, y cada uno de sus gestos sería interpretado como la señal indudable del compromiso con una doctrina". En otras palabras, como bien dijo Harlow Robinson: "Prokofiev no era un hombre político, pero la política y los políticos afectaron en forma muy profunda su vida personal y su evolución".

Sólo hoy, ya desaparecida aquella Unión Soviética que manejó férreamente Stalin y vigente siempre aquella Rusia a la que Prokofiev supo cantarle como pocos en su Guerra y paz , podemos otorgarle a cada uno su verdadera dimensión y hasta imaginarnos un diálogo póstumo similar al que Borges pensó entre Facundo y Don Juan Manuel, en aquella encrucijada de los caminos que conducen al infierno o al cielo o al purgatorio de la Historia. Como ambos murieron al mismo tiempo, bien pudieron encontrarse allí. ¿Qué se habrán dicho?

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